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La práctica de la filosofía en la escuela primaria

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Todos los niños tienen derecho a disfrutar de la filosofía desde los primeros años de su escolarización, no solo los que asisten a la escuela privada -donde esta iniciativa va contando con una creciente aceptación- o los que viven en una familia que les estimula el pensamiento abstracto. Se debe implantar la enseñanza filosófica desde los primeros cursos educativos, más si cabe cuando admitirla en el currículo no depende de ninguna decisión política ni de partidas económicas específicas. Solo se precisa de la iniciativa personal y buena voluntad del profesorado: deben leer libros especializados y practicar en sus clases, adaptando esta forma de trabajar al currículo impuesto desde más arriba. Sin duda requiere un esfuerzo previo pero recordemos que nuestro oficio de educar es de todo punto vocacional. El libro de Oscar Brenifier (que acaba de publicar la editorial Diálogo con una excelente traducción de Felicidad Martínez-Pais y Gabriel Arnaiz) titulado La práctica de la filosofía en la escuela primaria es un requisito indispensable para iniciarse en la enseñanza de la filosofía a niños a partir de los tres años de edad. Para iniciarse y también para consolidar los conocimientos adquiridos en dos de sus imprescindibles obras anteriores: El diálogo en clase (COMPRAR) y Filosofar como Sócrates. Bien es cierto que hay padres y profesores que suelen quejarse de que los estudiantes carecen de capacidad de abstracción y de reflexión, sin embargo no reparan en que ella no aparece por ciencia infusa -salvo en escasas ocasiones en que el niño goza de suficientes estímulos intelectuales en su entorno familiar- sino que es preciso un trabajo constante en el aula a lo largo de todas las etapas educativas. Este es el hueco que viene a llenar la investigación didáctica que Brenifier desarrolla desde hace varios lustros y que complementa otros proyectos como el de Filosofía para Niños de Lipman. Lo dice él mismo: ¡Cuántos profesores de filosofía constatan una y otra vez su impotencia al intentar estimular sin demasiado éxito el espíritu crítico de sus alumnos! (p. 9). Pues yo les digo: ¡menos quejarse y más buscar soluciones!


Según Brenifier el despertar del espíritu crítico representa una transformación personal más importante que los análisis más brillantes de cualquier filósofo de moda (p. 11). Cualquiera que entienda que el objetivo fundamental del trabajo docente consiste en despertar en el alumnado el pensamiento crítico habrá sentido la enorme satisfacción al contemplar cuando el niño o el adolescente -en apariencia despistado- descubre dentro de sí la capacidad de pensar y, sobre todo, de comunicar lo que piensa. Bien dice el autor que el alumno aplicado a menudo es un experto en adivinar las expectativas del adulto y es capaz de reproducirlas sin ningún problema, puesto que confía más en ese adulto que en sí mismo. (p. 16), pero el verdadero arte de filosofar no se enseña como acostumbramos, requiere de una técnica de tintes socráticos que lamentablemente nos empeñamos en soslayar.
Por tanto es preciso ejercitar las tres dimensiones del filosofar que según Brenifier consisten en pensar por uno mismo, ser uno mismo y ser y pensar con los otros (cfr. 12-13). Es fácil de decir pero aplicarlo requiere de gran disciplina y de un hábito consolidado. Para que florezca el pensamiento en el aula es precisa una técnica pedagógico-filosófica bien asentada; Brenifier lo explica extensamente en el libro analizando los tipos de discusión (“¿Qué hay de nuevo?”, asamblea de clase, debate de opiniones, tormenta de ideas, ejercicios de discusión, debate argumentativo, discusión formalizada, [cfr. 19-24]), las operaciones del filosofar (identificar, problematizar y conceptualizar [p. 27-31]), la práctica del filosofar (trabajar la opinión, responder al otro, preguntarse unos a otros, aprender a leer, dimensión lúdica, función del profesor [cfr. 31-40]) y los tipos de talleres (sobre un tema, texto, película, situación u objeto [pp. 48-50]).
Si no se toma la técnica de la enseñanza del discurrir en serio, con rigor a pesar de la flexibilidad, se corre un serio riesgo de inoperancia pues como acertadamente indica Brenifier no toda discusión tiene un valor pedagógico. Si así fuera, el patio de recreo reemplazaría fácilmente el trabajo de clase (p. 176). Además, dado que los niños dicen genialidades sin que nos percatemos otro de sus retos es que el profesor tendrá que manifestar una gran flexibilidad intelectual para distinguir un problema filosófico clásico expuesto de manera extraña, poco clara o de manera muy esquemática (p. 39). Igualmente hay que evitar vicios recurrentes como los que denuncia el autor: El recurso incesante al “yo quería decir” no es más que la expresión de una insatisfacción crónica, de una angustia por la imperfección ligada a la espada de Damocles de la idea perfecta (p. 144) Brenifier además propone que nos centremos en los medios y no en los fines, que nos centremos en el proceso de pensar más bien que en el resultado, que empoderemos al alumnado para que sean autónomos en el pensamiento crítico y no en un pensamiento concreto, en sí, pues bien es cierto que lo que buscamos no son ideas, por muy brillantes y agudas que sean. Si así fuera, una discusión filosófica se parecería más bien a una simple lista de la compra (p. 44); en este sentido continúa más adelante afirmando que
Debemos fijarnos un objetivo, consagrarnos a él y concentrarnos todo lo que podamos, sin dejarnos desbordar por la agitación interior que se produce cuando las ideas se agolpan en nuestra boca, como si ésta fuese una salida de metro en hora punta. Hegel denomina a este estado de confusión con el término de Schwarmereï: el zumbido de un enjambre de avispas donde apenas se distingue nada. (p. 45).
El libro se podría resumir en una sencilla, profunda y bella frase que he subrayado varias veces con el lapicero: Nuestro trabajo consiste en enseñar a detenernos en una sola idea, en contemplarla y meditar sobre ella (p. 110) que culmina más adelante con esta propuesta:

(…) no tener miedo a la lentitud ni al error. Lo fundamental es instalar en la clase un estado mental donde cada uno pueda pensar con toda tranquilidad. Para animar a sus alumnos a correr riesgos y adquirir la confianza necesaria el profesor deberá recurrir a los talentos que le sean más naturales, como el humor, la dulzura, la paciencia o cualquiert otra virtud. (p. 140)
Si no existiera Brenifier habría que inventarlo, pero en un instituto o en una escuela primaria probablemente acabaría sancionado o expulsado, por la contundencia de su método, como le pasara Sócrates. Parte de los padres, alumnos y profesores le acusarían de corromper a los jóvenes confundiendo la acción catártica del despertar filosófico con una amenaza a su estabilidad emocional e intelectual, cuando justo produce el efecto contrario: pensar bien da felicidad y mejora la capacidad cerebral. En cualquier caso le sancionarían los de siempre, los que se comportan como lastres que impiden construir un mundo mejor, en definitiva aquellos que no han sido suficientemente adiestrados en el arte de filosofar. Si usted sabe francés puede descargar la obra desde la web de Brenifier, quien la comparte gratuitamente; más que el dinero le mueve la necesidad de construir una sociedad mejor, objetivo que se consigue desde una educación de calidad como la que él propone. Por otra parte echo de menos una bibliografía al final del libro, pero nadie es perfecto, ni siquiera el gran Brenifier. Les dejo con mi breve comentario, un poco improvisado, grabado en vídeo.

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